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Medio sin aliento me preguntaste si quería que te quedes a dormir conmigo y me salió decirte (sin pensar, claro, qué diría la Cosmopolitan al respecto) que te quedes todo el tiempo que quieras. No le di mucha bola a tu respuesta porque puse toda mi concentración en la yema de tus dedos acariciandome la espalda: para arriba y abajo, en movimientos concéntricos, mimándome con tanta intensidad que podías hasta resucitar a un muerto.
Te abrazaste todo entero a mis piernas y no me quedó otra que seguirte el juego. Se me vino a la mente lo larga que iba a ser la noche e intenté no entretenerme con eso. Aprendí, otra vez, que cuando me distraigo complicandome no disfruto. Que si tenía puesta una camiseta de racing, que si me estaba muriendo de frío pero ya no y que si solo podía pensar en que el momento se estire, me tenía que entender a mi misma.
Me levanté y abrí otra birra: eso es lo que hago cuando quiero aprovechar al máximo la alegría y la mente en blanco. Te reíste porque no hacía falta pero igual la ibas a tomar. Te paraste a abrazarme la espalda, me diste un beso en el cuello y creo que ahí entendí por qué aún cansadísima, aún quedandome dormida, aún viniendo de días difíciles te dije que vengas.
Que se yo qué es todo esto, negro. Quedate todo el tiempo que quieras.