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Te pedí un cigarrillo de esos que no me gustan solamente para tener una excusa que me deje quedarme hablando un rato con vos. Lo fumé entero como una campeona tratando de que se me note poco que me temblaban las manos. Traté de mirarte poco y mirar mucho al suelo. Traté de que no te dieras cuenta de cómo me gustás.
Creo que hasta saliste de la pose que tenés armada para chamuyarte minitas (que suerte, porque con todo lo que ya pasó) y fue sincero ese "tenía ganas de verte". No puedo dejar de sentir que todo lo que me decís lo malinterpreto: estoy cansada de llenarme de expectativas que me tengo que terminar metiendo en el orto porque termina pasando absolutamente todo lo contrario.
En el último viaje al sur medio que entendí que todo lo que le tiramos al universo nos vuelve en forma de aprendizaje. Menos, Valen. Bajá treinta mil cambios, relajá un poco, no seas tan intensa que justamente es eso lo que vuelve si lo diste. Le tengo pánico a que me pasen cosas que no puedo manejar. Por experiencia.

Te sentí tan tranquilo que me lo transmitiste. Te dije otra vez que vayamos a tomar una birra. No pude esperar a que vos lo hagas. Perdón a las reglas de mierda esas de la modernidad en las que tenemos que las minas tenemos que hacernos desear, esperar para responder wsp y seis mil pelotudeces más. Perdón porque me sonreíste y me olvidé del decálogo de cómo ser una imbécil pero garchable.

No sé bien que hago otra vez contandoselo a blogspot. Debe ser que acá acumulo frustraciones.
O no. Hace un tiempo escribo también lo lindo, escribo sobre vos, sobre mi vida.
Ojalá nunca me leas. O sí.