Hoy tendría que haberme mudado pero tipeo esto en el sillón de la casa del mejor amigo que la vida me cruzó por delante y puso a disposición de cada una de las cosas que (en ese momento yo no lo sabía) me iban a salir mal.
Ayer a la tarde lloré y grité de bronca porque sentía que nadie entendía lo que me pasaba. Hacía tanto que no tenía esa sensación que se me volvió desesperante. Cómo se hace para detener la cabeza en el momento exacto en el que comienza a hacerte daño?
Por qué no todos se querían arrancar el pelo de la cabeza de la impotencia por los planes que fracasan otra vez más?

A la imprevisibilidad del mundo siempre traté de hacerle frente anteponiendome a las cosas con una supuesta capacidad para resolver situaciones que al final no fue tal.
Hoy me saqué un yunque de encima. Por ahí sea porque me resigné, o tal vez porque de alguna manera maduré: hay cosas que me exceden.

Por suerte existen los brazos de Lean y los mensajes de mamá.
Por suerte existe Camilo para dejarme dormir en su lomo.
Por suerte existen mis amigas para hacer videollamada de cuarentena.
Por suerte todo. O por mí.
No sé. Tengo diez días más de encierro para anirmame a una respuesta.