Amores y roscas: de eso se trata esta semana.
Quizá todo lo que hicimos no alcanzó. Nunca, nunca va a alcanzar. Te pediría que me regales un rato de creer que fue suficiente. Un rato de sentir que algo estuvo bien.
Y no. Y otra vez acá estamos. Sentados en la nada. Tomando birra y comiendo empanadas de delivery. Otra vez inventando o intentando, quien sabe. Otra vez soñando con escenarios y pensando opciones.
No me alcanza con sentirte lejos: sé que sos una utopía. Que tu tiempo ya fue y que hoy nos toca a nosotros. Difícil para los dirigentes dijiste: no sé como pudiste hacernos llegar acá.
Entiendo poco y todo me duele. Las horas sin dormir ya arrancaron a pesar y sin embargo llamo por teléfono e insisto. Me repito como un mantra "todo esto se ordena" y aunque no sirva, es un consuelo. Me enrosco y atiendo el trigésimo llamado del día para decir otra vez  lo mismo y poner voz de genia autosuficiente que todo lo puede. Mi personaje. El que me adoptó. El que me comió.

Y en el medio lo extraño y siento que aunque no le importe me entiende. Me aguanta y no me molesta. Sabe de lo intratable que estoy, de lo tarde que terminan mis días y de la necesidad irrefrenable que tengo de que venga a dormir conmigo y a decirme que va a seguir todo bien. Lo necesito para eso: para mentirme, aunque sea.
Para escuchar sui bajito y llorar un rato.
Lo extraño pero suena el teléfono y otra vez.

"Que hacés Turquito? Tuviste novedades?"