Es raro porque siempre que me siento a (pensarte) escribir de vos es cuando pienso en avanzar.
Porque te leo y compruebo algo que sé y que pesa: que ya no es igual.

Con las ganas que me quedan pienso en reinventarnos. En ser un poco más como vos. Es que.. sos lo que me encantaría ser. Normal.
No creo en la frialdad entre vos y yo. Sé que lo que es de piel seguirá siendo.
Pero se larga a llover y me acuerdo, mal que me pese, de que no todo fue piel. Que seguís enroscándote a mi como el primer día. Que lo intenso nunca caduca.

Recreo en la cabeza la escena que me imaginé con nosotros dos el carnaval que viene. Festejando que hace un año nos metimos en este quilombo y que sin pensarlo en algún momento nos (re)elegimos. Con vos de civil y teniendo siempre una birra fría lista para cada presentación que termine, en cada gira de la murga.
No dudo de nosotros. Dudo de mí. De haberla cagado: vos sí querías que yo fuera como la que se te presentó. Tal vez especulaste. Tal vez te hayas equivocado en mostrarte tanto.
Te escribiría justo ahora pero en realidad no quiero hablarte. Quiero hablar con vos en febrero. En marzo. La primera vez que fui a tu casa. La primera vez que dormimos juntos. Quiero escribirle al negro que me hablaba de la nada a la noche para decirme que no habría nada más lindo que estar acostados juntos escuchando Sui. Esa parte me toca a mi: vos tampoco sos igual.
Le escribiría al negro que me presentó a los amigos. Al negro con el que me reía re loca.
No al de ahora.
Porque yo ya no soy igual.
Pero vos tampoco.
Vos no me dejaste, nena
(tampoco yo a vos)

Amores y roscas: de eso se trata esta semana.
Quizá todo lo que hicimos no alcanzó. Nunca, nunca va a alcanzar. Te pediría que me regales un rato de creer que fue suficiente. Un rato de sentir que algo estuvo bien.
Y no. Y otra vez acá estamos. Sentados en la nada. Tomando birra y comiendo empanadas de delivery. Otra vez inventando o intentando, quien sabe. Otra vez soñando con escenarios y pensando opciones.
No me alcanza con sentirte lejos: sé que sos una utopía. Que tu tiempo ya fue y que hoy nos toca a nosotros. Difícil para los dirigentes dijiste: no sé como pudiste hacernos llegar acá.
Entiendo poco y todo me duele. Las horas sin dormir ya arrancaron a pesar y sin embargo llamo por teléfono e insisto. Me repito como un mantra "todo esto se ordena" y aunque no sirva, es un consuelo. Me enrosco y atiendo el trigésimo llamado del día para decir otra vez  lo mismo y poner voz de genia autosuficiente que todo lo puede. Mi personaje. El que me adoptó. El que me comió.

Y en el medio lo extraño y siento que aunque no le importe me entiende. Me aguanta y no me molesta. Sabe de lo intratable que estoy, de lo tarde que terminan mis días y de la necesidad irrefrenable que tengo de que venga a dormir conmigo y a decirme que va a seguir todo bien. Lo necesito para eso: para mentirme, aunque sea.
Para escuchar sui bajito y llorar un rato.
Lo extraño pero suena el teléfono y otra vez.

"Que hacés Turquito? Tuviste novedades?"
"Negra, es que sabes qué? A vos se te rompen las cosas y las dejás así. Nunca las arreglás"