Con seis años me puse un tutú, unas mini mediapuntas y salí por primera vez a un escenario a mostrar lo que sabía hacer. Hoy, 9 años después, cada vez que me subo pienso en una sola cosa, en dar lo mejor que tengo. Son sólo tres minutos.
Puedo decir que cada vez que bailo soy feliz. Que cada vez que sufro de dolor de pies, o lloro por uñas encarnadas, me enorgullezco de mí y de estar por tan buen camino. Que encontré amigas geniales. Y que nunca me voy a arrepentir de esto que elegí para mi vida.
Soy bailarina.
Felíz día de la danza, y NUNCA dejen de bailar!