Es como si existiera un hueco en el que este aislamiento doloroso no duele. Como si hubiera un sitio al que el miedo y la angustia no llegan. Tal vez se trate del lugar preciso en el que no duele nada. El lugar que me fascina encontrar. Donde amo la vida. Donde me conmueve el amor.
Donde no pregunto, ni dudo, ni sufro. Donde siento.

Me abrí un vino y prendí un porro. Ona, el cielo de mi vida, nos lee la carta astral por Zoom.
No encuentro demasiadas palabras para explicar este tiempo-espacio perfectos que nos unen, pero puedo concluir en una síntesis que me parece precisa: los vínculos que están construídos desde las vidas que nos precedieron no encuentran fin ante ninguna cuarentena que impida el contacto.

Las extraño tanto que hay días que me duele el cuerpo, pero hoy las siento cerca.
Mis amigas, mi familia, mi factoría.