Al día siguiente de sentirme ajena me encontré de lleno con la realidad: desbordada.
Al final, estaba tan afuera que terminé quedandome de garpe conmigo misma. Encontrandome en la preocupación de muchos, llorando durante horas como una nena, y guardándome para poder estar mejor.
Hice míos los ojos de Leo, para mirarme y entenderme siempre en la seriedad arrolladora que uso de puerto, mi lugar seguro, mi lugar para estar.
Y venía bien eh.. venía tanto mejor. Venía bien porque venía siendo otra vez mentira: venía siendo otra vez la que le pone el pecho a todo (incluso, la novedad, ponerme el pecho a lo que me pasa a mi misma). Pero no se puede todo siempre, y sos la misma nena que sufre cuando la rechazan y que no se permite un segundo de paz y estabilidad.
Hoy lo pagás con las caras de orto y los malos humores que despertás. Finalmente sos lo mismo que siempre fuiste: por compromiso, estás ahí.
Quienes no te quieren, nunca van a quererte.
Aceptarlo es convivir con un nudo en la panza que, sin embargo, es testigo de que estás tomadno la decisión correcta.
Guardate en tu gente, que te cuida y te ama porque te entiende.

Como siempre debió haber sido.